Las maletas estaban apiladas en el pasillo. No era mucho, unas pocas maletas con lo imprescindible para pasar dos semanas fuera de casa. Teresa tarareaba mientras terminaba de recoger las cosas, se aseguraba de haber bajado todas las persianas, apagar el gas, sacar la basura... Estaba realmente feliz, mientras su marido esperaba nervioso en la puerta y la pequeña Malena, acurrucada en una esquina del salón, fijaba su mirada en un punto abstracto de las cortinas. No quería ir, no quería...
- Tonta, allí te lo pasarás muy bien con tus primos. – Le repetía su madre una y
otra vez. Pero es que precisamente era eso lo que no quería: estar con sus primos.
Malena era pequeña, sólo tenía cinco años la última vez que había estado con sus
primos, hace dos años, en el verano, cuando pasaron aquel fin de semana familiar en casa de sus tíos, en un pueblecito de la costa mediterránea. Malena se sentía feliz, pues, al ser la pequeña de la familia, acaparaba la atención de todos. Teresa y su hermana preparando sándwiches y salpicándose, como niñas, con la mayonesa; los maridos, sentados al sol, fumando y bebiendo cerveza, y los niños correteando por el jardín. Malena quería acercarse a Paula y Rodrigo, pero ellos parecían distantes. Ella iba detrás suyo, intentando escapar de esos locos adultos que parecían más niños que ellos, pero Paula y Rodrigo no se lo querían poner nada fácil. Rodrigo tenía siete años y Paula doce, pero parecía que es gran diferencia de edad no existía, y no porque Paula fuera excesivamente infantil, sino porque Rodrigo aparentaba ser mucho mayor.
- Malena, ven aquí.
Malena miró a Paula con timidez. Era el tercer día de las vacaciones y aquella era la
primera vez que Paula le mostraba el mínimo de atención.
- ¿Malena? - Insistió Paula, esta vez fingiendo dulzura.
La niña se acercó a ella, Paula se agachó, la observó con detenimiento y le acarició
la cara. Sonrió, se puso en pie, Malena le dio la mano y juntas fueron hacia la habitación de Rodrigo. Era una habitación pequeña, y las persianas estaban bajadas, pero no plegadas, de manera que sobre el suelo hileras de pequeños rectángulos amarillos les recordaban que aún era de día. Rodrigo, sentado sobre el escritorio, las miraba fijamente con una sonrisa sarcástica.
- Malena, vamos a jugar, ¿vale? – Y Malena aceptó.
Paula la condujo hacia la cama y con suavidad la levantó del suelo para sentarla
después. Ella se quedó allí, quietecita, observándolo todo con sus grandes ojos marrones.
No había música, no había luz, no había nada. Tras la persiana el mundo seguía girando, pero ellos estaban muy lejos de la realidad.
Allí dentro no existía la realidad, ni las preocupaciones, ni la vida, ni la muerte. Allí dentro el mundo tenía otra importancia.
Rodrigo no tenía juguetes, o tal vez dormían debajo de la cama, y sólo un póster de algún súper héroe de la Marvel decoraba tristemente la blanca pared.
De vez en cuando Malena miraba al suelo, de vez en cuando Paula la miraba a ella, de vez en cuando Rodrigo las miraba a las dos y sonreía a su hermana. El tiempo se había detenido por completo... uno, dos, tres.
Un, dos, tres.
Tres, dos, uno, cero, cuatro, seis, ocho... Rodrigo musitó algo y se levantó para acercarse a la cama.
Ocho, nueve, tres, cinco, siete... Algo nuevo.
Algo extraño.
Algo malo.
Algo bueno.
¿Qué es eso?
Por qué no se apartó, por qué no lloró. Por qué sonrío después.
Lágrimas silenciosas, la mano de Paula, el corazón de Malena, el pecho de Rodrigo, las piernas de Malena, la sonrisa de Paula.
Caricias bonitas. Las manos de Paula. Los labios de cristal y la lengua de Rodrigo recorriéndolos...
Malena, la ignorancia infantil. Malena, la inocencia. Malena y las manos de Paula.
Los ojos de Paula, su mirada; sus ojos fijos en los de Malena y su mano, suave, en sus mejillas. No hacía falta más. La quería.
- Malena, cariño, ¿pasa algo? – Le preguntó su madre, ya más calmada, mientras esperaban al ascensor.
Ella la miró y negó tímidamente. No pasa nada, nunca pasa nada. Sólo que dentro de ella ardía algo tan fuerte que nadie, ni siquiera su madre, podría entender. No pasaba nada, sólo que por alguna razón se sentía sucia.
Pero muy bien.
De vez en cuando me siento mal, pero sé que no tengo razón para sentirme de ese modo. No hace falta que nadie nos entienda, somos Rodrigo y yo, lo demás no importa. ¿Qué más da lo que hagamos, si todo lo hacemos por amor? Soy consciente de que nadie más puede comprenderlo, que ellos nos verían como monstruos, pero no me importa. No, yo soy así y así soy feliz.
Sé que tengo catorce años, y que lo que hago con Rodrigo se aleja bastante de aquellos juegos que practicaba en el parvulario con aquellos dos chicos de cuyo nombre no me acuerdo... Hace ya tantos años...
Al principio eran tonterías. Bueno, en realidad siempre eran tonterías, pero al principio todo se resumía en una palabra: mirar. Recuerdo aquel año con mucho cariño, aunque no lo recuerdo con gran nitidez, sólo fragmentos sueltos.
Tenía sólo tres años, ¿o cuatro? No sé, tampoco creo que eso tenga mucha importancia; el caso es que era el primer año de colegio, mis primeras relaciones sociales con gente de mi generación. Cuando nació Rodrigo me dio muchísima envidia. Él podría jugar conmigo, y encima le apuntaron a una ludoteca antes de que comenzara el colegio, así que pudo experimentar antes que yo. Pero yo no, yo tuve que esperar hasta el comienzo de mi etapa escolar para poder relacionarme con niños de mi edad. Chicos, chicas, juguetes, mesas, tizas... “Mira, mira”, yo agachaba la cabeza por debajo de la mesa y él me enseñaba aquello que tanto me fascinaba. Aquello tan diferente, aquello tan delicioso.
Después, cuando tocaba jugar y las demás niñas se juntaban para jugar con muñecas, yo me tumbaba sobre un banco y dejaba que ellos dos me tocaran. Era todo tan inocente, tan bonito. Tocándonos, experimentando. Jugando, simplemente jugando, como los demás. ¿Era acaso más denigrante aquello que desnudar a una Nancy y reírse de su cuerpo? Yo, por lo menos, tenía el valor de aprender conmigo misma. Nosotros éramos especiales, teníamos valor. Teníamos un don: éramos sólo niños, pero niños que querían aprender. Los demás no es que fueran ignorantes, eran niños, simples niños. Pero nosotros éramos curiosos e increíblemente inteligentes.
Pero hoy vienen mis tíos. Hoy viene Malena.
Malena ya no será una confusa niña de cinco años, ahora tiene siete. Y recuerdo mis siete años... Los recreos besando a Beatriz y acariciando a Emma escondidas en el baño. Me pregunto si Malena también se divierte de ese modo en el colegio. Me gustaría hablar con ella, pero me moriré de vergüenza.
¿Qué es esto que siento?
¿Es arrepentimiento?Me miro en el espejo y lloro. Ayer sangré, y me odié.
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Y sí quiere,
O no...
¿Quiere?
Malena, ¿vienes?
Malena juega por las noches.
Antes de dormir.
Malena se arropa con las sábanas
Y se imagina cosas.
Imagina que es mayor, que camina
por la playa,
imagina que le besan,
que le moja la
lluvia.
Imagina que da vueltas,
Que se pierde
En la noche.
Imagina que el mar
Está bajo las sábanas.
Y bucea,
Bucea,
Bucea...
Malena bucea
Y juega con las sábanas.
A veces se asoma a la superficie,
Apoyando su cabecita sobre la almohada.
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Las miradas se habían convertido en su idioma. Un idioma donde las palabras sobraban. Sólo los gestos podían significar algo.
En la habitación de Rodrigo podía ocurrir cualquier cosa, pero nunca entraron a la habitación de Paula.
- También me follé a tu amiga.
- ¿A Malena? – Preguntó Paula, mientras dejaba que aquel hombre la follara a cuatro patas. La embestía de forma poco sutil y nada formidable, acariciando sus pechos y apoyando la cara en su espalda. Era un amante pésimo. Se cansaba con facilidad.
Como siempre, terminó y se fue.
Ella no se despedía, sólo se quedaba tumbada en la cama y no se levantaba hasta haber escuchado el sonido de la puerta cerrándose desde fuera.
La puerta se cierra, Paula cierra los ojos, susurra: diez, nueve, ocho... abre los ojos, sonríe y se incorpora para meterse en la ducha.
Quiere gritar, pero llora. Se tira al suelo, las baldosas del baño están frías. Ha dejado correr el agua de la ducha, al máximo. Al caer el suelo, el tubo gira alocadamente, provocando una fuente improvisada que empapa todo el cuarto. Todo su pelo.
Todo el suelo.
Grita, desnuda, tirada en el suelo. En el suelo encharcado. Se levanta, resbala, cae, sigue llorando. El agua sigue corriendo.
Entre sus piernas un reguero de semen pegajoso bajaba hacia los muslos. Estaba llena de semen. Semen por todas partes.
El filo de la cuchilla brilla a contraluz. Sesga su piel. Sangre y semen nadan en el gran charco de agua que no deja de crecer en el suelo del baño.
Hay una serpiente enajenada escupiendo agua, retorciéndose y separando la sangre que flota en la charca.
Paula ahora es una sirena atrapada en sus fauces. La serpiente crece. Ahora es enorme, y Paula quiere luchar contra ella, pero no tiene fuerza.
Hay una princesa desnuda y sucia luchando contra un dragón. Un dragón que la quema con su fuego.
El agua arde, las heridas sangran.
-¿Rodrigo?
-¡Te he dicho mil veces que no me llames al trabajo!
-Es Paula.
Indiferencia era el segundo nombre de Malena. Sentada en el sofá, fumando un cigarrillo, mirando hacia la televisión.
- No soy su madre. Estoy harta de estos numeritos.
- No son numeritos. Paula está enferma. Pero todo saldrá bien.
- Paula no está enferma. Es una drogadicta. Deberías llevártela: yo no puedo convivir con una persona así.
- ¿Insinúas que debo internarla?
- Yo no insinúo nada. Sólo digo que te la lleves, ¿dónde? Me da igual.
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Rodrigo ya se había ido. Las palabras de Malena parecieron herirlo.
Paula estaba aún el baño, tirada y casi inconsciente. Con no poco esfuerzo, su prima pequeña logró que se agarrara a ella y se pusiera en pie.
- Nívea
- ¿Qué dices, Paula? – Malena miró alrededor y vio un bote de crema. Sonrió.
- N, v, e, a. (V...)Nunca volaré en avión.
- Nunca viste estrellas azules.
- Te has dejado la “i”.
- Tú también. – A veces se preguntaba cómo habían llegado a esa situación. Por qué en unos pocos años todo se había vuelto gris, denso, difícil.
Durante muchos años Malena los pasó recordando su infancia. Una infancia que poco tenía que ver con la de los demás niños. Una infancia feliz, pero inconfesable. La etapa más feliz de su vida, la más fácil, sólo era un secreto dentro de la parte más remota de sus subconsciente.
- Nadie visita esta aldea. – Continuó Paula, una vez habían llegado a la habitación y se hubiera sentada en la cama. Malena, de rodillas en el suelo, entre las piernas de Paula, la miraba con los ojos húmedos.
- Paula... No quiero volver a verte así.
Paula sonreía, aunque no era precisamente esa la vía por la cual sus sentimientos hubieran querido manifestarse. Pero últimamente era más sencillo sonreír que llorar.
Y acariciando con cariño sus mejillas, la indujo a murmurar una nueva frase.
- Nubes inundando espacios abiertos.- En un susurro, como cuando eran niñas, cerrando los ojos y ladeando el rostro. Llorando, cuando en realidad lo que sentía se asemejaba más a la felicidad.
- Malena, yo sé que no eres mala. Yo te conozco. Sólo yo sé quién eres. Malena, no me dejes nunca.
- No puedo vivir contigo. ¡Estás arruinando mi vida!
- No quieres que me vaya. Si lo quisieras no estarías llorando. Somos iguales, más o menos fuertes, pero somos iguales. Nos une la sangre.
- ¿Desde cuándo importa la sangre?
Malena lo sabía, que no había nada como los besos de Paula. Los echaría de menos.
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Mi madre solía decirme que por las noches las calles se llenaban de monstruos sedientos de sangre. También me decía que yo tenía la sangre dulce, y que por eso me picaban los mosquitos.
“Piensa Malena: Si gustas a los finifes, ¿cómo no van a ir las bestias de la noche a por el azúcar de tu sangre?”
- Paula, ¿tú tienes la sangre dulce?
- ¿Qué dices?
- Afuera hay bestias.
- Afuera hay granizo, Malena. Sólo eso. No debes tener miedo.
Paula estaba nerviosa, y la notaba triste. Sus ojos estaban rojos. La habitación se
había quedado sin luz debido a la tormenta, pero yo lo sabía. Huelo la tristeza.
La tristeza tiene un olor ácido, y frío. Es un olor que puede entrar por los ojos y llegar hasta el corazón, a la vez que te hiela la mente, como cuando intentas esnifar el frío de una mañana de enero. Pero la tristeza no es tan neutra; tiene una pizca ácida, que te embriaga y te incomoda. Por eso cuando estaba a solas con Paula me intentaba alejar de su lado. Porque no era capaz de asimilar tanto dolor.
Y, sin embargo, no había nadie que me diera cariño mejor que ella.
El amor que recibía de Paula era maravilloso. Único.
Un placer perfecto. Mágico.
Pero yo era incapaz de devolverle tal amor.
Yo sólo podía absorber su agonía.
Sabía que en la calle había bestias. Las había visto.
- Malena, ¿alguna vez te has fijado en el sexo de los muñecos? Las muñecas que
representan figuras humanas adultas son ángeles. Ellas ni siquiera tiene pezones, y ellos no tienen polla. Están cerrados.
Cerrados... Así es como nos violan, Malena. Violan nuestra mente, diciendo con sus putos muñecos asexuales que el sexo es malo, vergonzoso. No sólo el sexo, sino nuestro cuerpo también. Nos hacen sentir extraños. ¿Cuántas niñas se miran el sexo? Maldita sea, si creo ser la única de mi colegio que se haya mirado el coño para saber cómo es la única cosa en este mundo que me hace tomar conciencia de que mi cuerpo está vivo: el clítoris. Sé de niñas que creen que el clítoris es un agujero, y a las que acariciarse les parece algo impensable.
En cambio, los muñecos que representan bebés, sí tienen sexo. ¿Y sabes por qué? Porque son tan ignorantes que les resulta imposible pensar que un niño pueda sentir su cuerpo y manifestar el amor de la misma manera que los adultos. Todo lo relacionado con la infancia se ve como un mundo aparte, Malena. Por eso no hacemos nada malo: sólo hacemos uso de la extrema libertad que ellos nos han dado.
Nuestro sexo es puro.
Nuestros errores nos los perdonan. Y el llorar no nos lo reprochan con humillación, -como hacen entre ellos, en un mundo donde el que más llora es el más débil, - sino que nos perdonan. Es más, desean apaciguar nuestro llanto por cualquier medio, incluso dándonos caprichos.
Yo ya no soy una niña, Malena. Empiezo a corromperme... A los catorce años se está en el limbo, entre la infancia y la inseguridad de la madurez. El sexo ya no es bonito, es humillante. Pero tú aún eres joven. Aún te quedan años de libertad, de felicidad. Sé lista, sé hipócrita: disfruta.
No seas una infeliz como yo; no llegues a instituto odiando a todos tus compañeros y a ti misma... y a tu cuerpo. No te conviertas en alguien como yo, Malena, por favor. Te quiero demasiado como para verte tan destruida. Tan sola. -
Paula lloraba sin cesar.
En aquel momento yo presté más atención a sus lágrimas que a sus palabras.
Me encantaba escucharla: tenía una voz preciosa. Muy dulce. Casi de niña. Y es que en realidad Paula era una niña. Daba igual que tuviera catorce, diecisiete, veintiuno, treinta años... Ella siempre sería una niña. Y es que la vida está en la infancia; el resto sólo es degradación. Una imparable caída en picado hacia la tumba.
Pero Paula tenía espíritu de inmortal.
Aquella noche yo tenía siete años, y, pese a mi corta edad, ya había vivido demasiadas experiencias políticamente incorrectas para una niña. Pero era eso, una niña. Sólo una niña. Una niña que temía salir a la calle al caer la noche por miedo a que las bestias la atacaran, atraídos por el dulce de su sangre.
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- ¿Recuerdas la noche que se llevaron a mi padre?
- Sí, Paula, claro que la recuerdo. – Dije, sin cambiar de posición: me encantaba que Paula tocara mi cara.
- Quería que fueras feliz, Malena, perdóname. Quería que fueras feliz y te destruí la infancia. Lo nuestro no era felicidad. Lo nuestro era algo... indefinible, sin más. Pero no era felicidad. Te he destrozado la vida, Malena. No entiendo cómo has seguido a mi lado todos estos años.
- Paula, hoy pisé un perro. No me di cuenta: iba caminando por la calle, pensando en dios sabe qué cuando me di cuenta de que había pisado algo. Era un perro, de esos pequeños que no valen una mierda. Le hubiera dado una patada sino fuera porque vi que llevaba una correa. Y ¿sabes lo que hizo el puto animal? Se me subió a la pierna. No pude averiguar si quería jugar o morderme. Si quería morderme, la verdad, el perro era aún más estúpido de lo que pensaba. Quizá estuviera jugando. La dueña se disculpó: Gracias por intentar matar a mi perro, zorra. Hice daño al perro, y no me importó. Es comprensible que quisiera jugar conmigo: el dolor y la indiferencia ponen cachondo a cualquiera.
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Eché a volar, pero no me moví del sitio, Paula.
Eché a volar porque tenía miedo. Dejándote sola, llorando... Hablando.
Fue la noche cuando mataron a tu padre.
Aunque yo no tenía conciencia de ello. Porque por más que te acercaras, yo estaba más
Porque por muy intensas que fueran tus caricias, yo no sentía absolutamente nada.
Porque, por más que tus ojos lágrimas derramaran, te veía inexpresiva. Fría. Como
- Las flechas de Cupido están empapadas en absenta. – La besó. – Por eso siempre estás ardiendo.